La carne cara hoy / Pedro Piñate

La carne cara hoy / Pedro Piñate

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La semana última de octubre 2017 será recordada como una más pero diferente de escasez, desabastecimiento y angustia de la población a la que ya padeciéramos pero no nos acostumbraremos nunca. Al tiempo que la falta de oferta dispara los precios de los alimentos por no producirse ni importarse suficiente para el consumo normativo, el autoritarismo de los controles y la demagogia acostumbrada, imposibilita que la cadena alimentaria fluya e inclusive la paraliza cuando todo el mundo la necesita. El caso de la carne es de película, porque se pretende a punta de fusil que su precio baje a niveles imposibles de sustentar en ningún eslabón de la cadena cárnica dada la realidad de costos crecientes que deben cubrirse y sin justificar cierta especulación que sucede cuyos mecanismos de control deben ser específicos a aquellos que en particular especulan pero no a todos.   Mientras la escasez de pollo que tampoco se produce ni importa suficiente,  presiona además la demanda de carne conocida además de su aporte nutritivo, por su capacidad de saciar el hambre como ningún otro alimento.

En estas condiciones se afectó a la cadena cárnica desde la compra-venta de ganado hasta el expendio al detal de carne, pasando por los mataderos y el transporte distribuidor. Bajo controles los actores de la cadenas necesitan saber cuál es el precio al cual poder vender sin perder y ganando un beneficio razonable – “justo” que recompense el trabajo y la inversión realizada. Lamentablemente no hay varita mágica para ello porque en el ambiente hiperinflacionario que vive Venezuela, podrán los controladores convocar a cualquier reunión y “acordar” el precio que a ellos guste, que a la salida y término mismo de la misma, ya el precio “acordado” será obsoleto.

Por eso hasta la liberación de la economía seguirán los problemas derivados de la fijación de precios, la escasa oferta de carne y su carestía. Los controles y los controladores al igual que en todas partes donde han regido, aquí fracasaron. Junto a ellos, el terror agrario y la agricultura de puertos, acabaron con los grandes hatos llaneros donde se producía el ganado de carne a bajo costo. Sin hatos ni ganado ¿qué carne comeremos? preguntábamos en El Universal, y por respuesta barcos repletos de ganado y carne importados con dólares regalados, congestionaban los puertos.

ppinate@gmail.com

El Universal